Mi tributo
Por Ociel Mora
El muy respetable Javier Gutiérrez me pide —ordena— que escriba algo. Cualquier cosa. Frases breves, entendibles, para un nuevo periódico a cuya cabeza se ha puesto él. Hay vigor y confianza en sus palabras.
Pero, bien a bien, explica, no es un periódico, sino un portal de corte costumbrista. El pasado y no el futuro. La herencia hispana.
—Tenemos mucho que ponderar… Ya verás cómo tendremos éxito.
Habla en plural. Asiento.
Atiendo la taza de café recién salida de la panza de la máquina y me animo con un sorbo. Quiere darle la vuelta al rostro siniestro del presente, a la polarización, me digo.
En eso pienso mientras los panecillos detrás del mostrador me hacen ojitos.
¡Algo costumbrista!… ¿Cómo qué?
Pienso en aquella historia según la cual, en los montes de Pahuatlán, unos cazadores mestizos dieron con el Águila posada en una de las ramas de un ailite. Asustada, emprendió la huida. Voló alto sobre la planicie, cruzó los valles de Tulancingo y Teotihuacán y fue a posarse, finalmente, sobre un nopal en medio del lago de Tenochtitlán.
La historia la cuenta el indio Beto Hernández, poeta e historiador de la comunidad nahua de Xolotla.
Don Beto es autor de una veintena de libros, pero sólo uno ha tenido la fortuna de llegar a las prensas. Gracias, primero, a Mario Marín Torres, entonces gobernador; a Alejandro Montiel,[1] hombre sensible al frente de la cultura oficial, y al prólogo de Patrick Johansson. De esa suma de voluntades nació Tototzinco (2008).
El relato —se entiende— contiene un reproche. Resume agravios antiguos entre la cabecera mestiza y los pueblos indios sujetos a ella. Las familias de la primera son, vistas desde la larga duración, de reciente avecindamiento; los segundos estaban allí desde mucho antes de que aparecieran por estos rumbos los aventureros venidos de allende el mar.
Pero aquí me detengo.
Demasiada ideología, me digo. No reúne el criterio de lo que se me ha encargado.
Cambio de rumbo.
Pienso ahora en Gustavo Mauleón y en los embustes de Palafox, virrey y obispo.
Entre sorbo y sorbo, mi interlocutor me dice que se ha utilizado erróneamente el concepto de biblioteca pública para referirse a la Palafoxiana.
Gustavo es un observador técnico y asiduo de esos fondos bibliográficos. No se ha limitado a contemplarlos: se arremanga la camisa.
Hasta donde tengo entendido, es el único especialista a quien, en dos ocasiones, se le ha encomendado verificar el índice de ejemplares.
Y, no obstante la alharaca oficial, sostiene que la Palafoxiana no cuenta todavía con un inventario plenamente creíble y fiable. Científico, pues. Uno levantado con los parámetros y criterios que exige semejante acervo.
Le comento que en uno de los trabajos más serios y robustos que conozco sobre el patrimonio cultural mexicano,[2] un especialista en literatura explica que la Palafoxiana reúne en sus estanterías buena parte del pensamiento de la Contrarreforma: la contramodernidad, por decirlo de otro modo.
Pocos de los nombres que aparecen en aquellos lomos anuncian el mundo de la Ilustración.
Los libros valen o no valen, entonces, no sólo por lo que dicen, sino también como objetos: testimonios materiales de una época y de una determinada concepción del mundo.
Pero Mauleón guarda otro dato.
La Palafoxiana —dice— ni siquiera puede adjudicarse enteramente a Palafox.
¿Cómo?
Palafox: uno de los representantes más fieles del orden imperial; objeto de veneración de buena parte de la clase política poblana, que incluso lo ha llevado a los muros del recinto legislativo para compartir pared con nombres como el de Carmen Serdán.
(Aquí una de las razones de nuestra miseria política y la de un estado contrahecho)
Hay yuxtaposiciones que explican mejor nuestra historia que cien discursos.
Mauleón refiere que, antes de Palafox, un tal Larios, vinculado al obispado de Acatlán, habría donado hacia finales del siglo XVI 475 ejemplares a los colegios de Puebla para la formación de los nuevos novicios.
Larios era mestizo, hijo de un conquistador llegado con Cortés y de una cacica del pueblo de indios de Acatlán. Según Mauleón, todavía se conservan el embalaje y las cajas en que arribaron aquellos libros.
Vuelvo al café.
Pienso en Puebla. Nada ha cambiado en cinco siglos. Las mismas ignominias y los mismos despojos. Al ciudad se edificio sobre un despojo de tierras a los caciques cholultecas (ver Códice Xólotl).
Hace quinientos años las disputas fue entre poderes, jurisdicciones, órdenes religiosas, autoridades civiles y cabezas de reino. Hoy, bajo otras formas, la disputa continúa.
Y como hace 500 años, los pobladores, indios o no indios, como mera escenografía. Sin derecho a voto ni eleccion para decidir sobre el futuro de su casa-ciudad.
Y entonces comprendo que acaso Javier tenía razón: mirar el pasado no significa darle la espalda al presente. Significa entenderlo a partir de la experiencia mas dura del pasado reciente y no tan reciente.
De allí mi tributo.
Porque la pregunta que viene de hace siglos sigue esperando respuesta:
¿A quién le asiste el derecho pleno de decidir sobre el futuro de la ciudad: a unos gobernantes elegidos para un periodo determinado o a la población que, generación tras generación, la hace ser lo que es?
[1] A los buenos oficios editoriales de Alejandro Montiel debemos también el acceso a un libro-testimonio relevante para comprender la conquista de los valles centrales de Puebla: Michel Oudijk y Matthew Restall, La conquista indígena de Mesoamérica. El caso de Gonzalo Mazatzin Moctezuma (2008). Una de sus aportaciones consiste en desplazar la imagen tradicional de una conquista realizada exclusivamente por españoles y mostrar el papel decisivo de los ejércitos y aliados indígenas.
[2] Enrique Florescano (coord.), El patrimonio nacional de México, tomos I y II, Fondo de Cultura Económica, 1997.
