El Aljibe de Tepeaca
Por: José Francisco Jiménez Villa
Cronista de la ciudad de Tepeaca, Puebla (*).
Lo que me decían no sé hasta qué punto era un cuento para conciliar el sueño de cuando era niño, o fueron hechos reales, trasmitidos de generación en generación. Me hablaron de un hermoso lugar, que es uno de los aljibes más grandes e imponentes de cuantos he observado y de las sinfonías en do mayor, que cientos de anfibios anuros cantaban en las templadas noches de los veranos tepeaquences. Era entonces, un Tepeaca diferente. Me contaban de un tranvía de mulitas que pasaba frente a mi casa y cuyo recorrido era, de la estación del “Mexicano del Sur” al centro de la población; de calles limpias con sus acequias en medio, sus pequeños puentes para cruzar la barranca; de la extensa cañería que por gravedad transportaba el vital liquido desde los manantiales de la “malinche” o “matlalcueyetl” (“la señora de las faldas verdes”); de los aguadores que prestaban sus servicios llevando a sus espaldas como cruces, su madero, y atados a este sus botes de agua; de los enamorados que se encontraban en el brocal del aljibe y de cuando en cuando y entre llenado y llenado de sus jarros y recipientes, se cruzaban miradas y piropos… A veces también caricias pretextando eliminar la lama que se generaba en lo inmenso del recipiente que le guardaba el agua a mis abuelos y a mis padres en ese Tepeaca que hoy, es diferente.
El aljibe, que los seguidores del “pobrecito de Asís” idearon como solución a los problemas de almacenamiento de agua y que construyeron simultáneamente a el convento franciscano, le serviría a Tepeaca por más de 400 años. Hasta que al inicio de la década de los 60s. Del siglo pasado se introdujo el agua potable.
Miles, que digo miles, millones de litros de agua de lluvia y la que venía de la “malinche” se depositaba ahí, en nuestro aljibe. Y era tarea de todos como en cualquier comunidad realizar las faenas para mantener la obra en óptimas condiciones. Se sufría mucho, se dice. Pero se recuerda con nostalgia la vida cotidiana de los días en que había que ir por el agua.
Por las noches había gratuitamente funciones “operísticas ligeras” que cientos de sapos como tenores acompañados de ranas sopranos y grillos contra-tenores ofrecían acompañados de cocuyos y luciérnagas que alumbraban tenuemente el entorno del gran teatro al aire libre. Ocupando sus palcos y plateas otros sagaces y vivaces vecinos de la colonia: lagartijas, cuijes, jicotes, coleópteros, lombrices, ajolotes, mosquitos y picahuyes. Y en las ramas de los pirúes y los alcanfores, como en gayola: urracas, tordos, bolilleros, y una que otra despistada lechuza, que cruzaba de cuando en cuando del convento al escenario… Y sin hacer ruido, pendientes a la coral sinfónica: ardillas, tuzas, tlacuaches, y aromatizando de vez en vez el ambiente natural, uno que otro zorrillo. Más allá el maullido de los gatos como protesta y solitarios, pero no por ello, ruidosos ladridos de los perros, que se agitaban ante la presencia de tanta fauna junta.
Uno que otro “borrachín”, inconsciente de la gravedad de caminar cerca de tantos litros de agua, se hundieron en sus entrañas y perecieron, Por fortuna fueron pocos. El espacio y el lugar siempre ofrecieron respeto. No era para menos. Los sueños de muchos tepeaquences se dibujaron en el reflejo de sus aguas y la luna siempre convivió con nuestro aljibe. Invariablemente en un romance permanente.
Este relato me hace pensar en el Tepeaca de antaño, de calles empedradas y banquetas anchas, de sombras en la noche a la vera del impresionante depósito. De siluetas que no se alcanzan a distinguir y que solo se conocen por sus voces:
-¡¿quién vive?!…
–yo, yo, Juan Chico, don Gonzalito… buenas noches tenga usted…
-¡anda, anda, ve con Dios y ten cuidado, no te vayas a caer en el aljibe!…
Solo esa era la consigna.
Ese aljibe que después, ya seco, en los 70s y 80s fuese el basurero municipal y hoy, canchas de básquetbol y el salón social más grande que en la comarca pudiese haber. Solo sus paredes subsistieron al andar del tiempo, sus muros son testigos mudos del esplendor de una magna obra de ingeniería hidráulica de la Tepeaca novohispana.
Que aún subsiste y en donde tantos amores y desamores quedaron para llorar. Como nosotros, esta vez, el recuerdo de nuestro aljibe que podría llenarse de nueva cuenta con nuestras lagrimas.
En fin… “se remplazó el estuco más no el corazón del muro”. En el Tepeaca de ayer, hoy y siempre.
