De pájaros y otros enseres
Por Beatriz Zarain
Hubo un tiempo en que las casas no estaban completas sin un reloj de péndulo, un aparador lleno de porcelanas, una máquina de coser y una jaula colgada en el patio. En ella vivía un pájaro cuyo canto era celebrado como una prueba de alegría doméstica, aunque pocas veces alguien se preguntaba si aquel canto no era, en realidad, una forma de recordar el bosque perdido.
Las abuelas solían cuidar de esos pájaros con una devoción que hoy resulta entrañable y contradictoria. Limpiaban las jaulas con esmero, cambiaban el agua, elegían las mejores semillas y los protegían del frío. Los querían sinceramente. Sin embargo, el cariño no borraba el hecho esencial: aquellas criaturas habían nacido para el cielo y terminaban reducidas a un puñado de barrotes. Eran una decoración sonora, un fragmento de naturaleza convertido en parte del mobiliario de la casa, casi un enser más entre los demás objetos heredados.
Los pajareros recorrían las calles con un concierto ambulante. Cargaban decenas de jaulas y su llegada se anunciaba antes por el trino de los animales que por su propia voz. Vendían canarios, jilgueros, colorines y otras aves cuyo nombre variaba según la región y la memoria de quien las recordara. Para muchos niños, el paso del pajarero era un acontecimiento; para las aves, el comienzo de una vida limitada al espacio exacto que permitía una jaula de alambre.
En las plazas también aparecían otros pájaros, entrenados para un espectáculo que hoy parece salido de un sueño antiguo. Eran pequeñas aves que, ante la mirada curiosa de los paseantes, caminaban hasta una caja llena de papelitos enrollados y elegían uno con el pico. El papel contenía una predicción: un amor cercano, un viaje inesperado, una fortuna escondida o la promesa de mejores días. Aquellos pájaros se convertían en diminutos oráculos emplumados, intermediarios entre la incertidumbre humana y la esperanza. Su libertad se había cambiado por unas cuantas semillas y la repetición infinita de un acto aprendido.
Y qué decir de las palomas mensajeras que cruzaban montañas y fronteras llevando noticias de guerra, declaraciones de amor, órdenes militares o simples mensajes familiares. Salvaron vidas, cambiaron batallas y unieron a personas separadas por cientos de kilómetros. Su extraordinario sentido de orientación fue aprovechado por el ser humano con una eficacia admirable. Fueron heroínas silenciosas cuya recompensa rara vez consistía en algo más que regresar al palomar para emprender un nuevo viaje.
La historia de los pájaros es también la historia de nuestra relación con los animales. Desde que aprendimos a domesticar, hemos convertido muchas especies en herramientas. Los caballos arrastraron nuestros carros y conquistaron territorios; los bueyes trabajaron la tierra; los perros vigilaron nuestros hogares; los elefantes movieron troncos inmensos; los delfines fueron entrenados para fines militares; los monos terminaron en laboratorios; las ballenas abastecieron de aceite ciudades enteras; las aves adornaron salas, entretuvieron plazas o llevaron mensajes que nosotros no podíamos transportar.
Durante siglos justificamos ese dominio porque lo llamábamos necesidad. Pero con el tiempo la necesidad se mezcló con el capricho, el comercio y el entretenimiento. Aprendimos a capturar animales por el simple placer de poseerlos, de exhibirlos o de hacerlos actuar para nosotros. La naturaleza dejó de ser una comunidad de seres vivos para convertirse, demasiadas veces, en un catálogo de recursos disponibles.
Hoy sabemos que el canto de un ave tiene un sentido que va mucho más allá de alegrar un patio. Cuando encerramos uno, no solo limitamos sus alas: también interrumpimos una historia mucho más grande que la nuestra.
Los pájaros siguen despertándonos cada mañana sin pedir nada a cambio. Siguen cruzando los cielos sin conocer las fronteras que nosotros inventamos. Su vuelo continúa siendo una de las imágenes más puras de la libertad. Tal vez haya llegado el momento de admirarlos precisamente por eso: porque nunca fueron nuestros. Porque el cielo, después de todo, siempre fue su verdadero hogar.
