¿Para qué sirve el arte en la sociedad? Una mirada desde México
Libertad Mora Martínez
Cuando preguntamos para qué sirve el arte, solemos buscar una utilidad concreta: educar, comunicar, entretener o embellecer un espacio. Sin embargo, su importancia no siempre puede medirse de manera inmediata. El arte interviene en nuestra forma de mirar, sentir, recordar y relacionarnos con los demás.
En México está presente en muchos más lugares de los que imaginamos. Lo encontramos en los museos y las galerías, pero también en los murales, la música, la danza, el cine, los textiles, la cerámica, los altares, las fiestas comunitarias, la gráfica popular y las intervenciones realizadas en calles y plazas. Algunas de estas expresiones son reconocidas oficialmente como arte; otras suelen clasificarse como artesanía, tradición o cultura popular, aunque también condensan conocimientos, memoria y creatividad.
Una de las posibilidades del arte es expresar aquello que no siempre resulta sencillo comunicar con palabras. Una canción puede transmitir dolor, alegría o esperanza; una fotografía puede hacer visible una ausencia, y un bordado puede conservar la memoria de una familia o una comunidad. El arte da forma sensible a emociones, experiencias y conflictos compartidos.
En nuestro país también ha sido una manera de narrar la historia. El muralismo mexicano convirtió los muros de edificios públicos en espacios para recordar episodios del pasado, luchas sociales y proyectos de nación. La gráfica popular hizo circular imágenes y mensajes políticos entre públicos amplios. Estas experiencias muestran que el arte no ha permanecido aislado de la sociedad, sino que ha participado en la construcción y discusión de sus relatos colectivos.
Pero el arte no solamente conserva el pasado. También nos invita a reflexionar sobre el presente. Puede modificar nuestra percepción de una situación, revelar aquello que permanecía oculto o acercarnos a la experiencia de otras personas. No siempre ofrece respuestas o soluciones. En ocasiones, su fuerza consiste en incomodarnos y llevarnos a formular preguntas sobre la desigualdad, la violencia, la discriminación o las formas en que se ejerce el poder.
Esta capacidad adquiere una expresión particular cuando el arte se relaciona con el activismo. En México, murales, carteles, fotografías, canciones, bordados, performances y acciones colectivas han acompañado la defensa de los derechos humanos, las demandas de las mujeres, la búsqueda de personas desaparecidas y las luchas de los pueblos por conservar sus territorios. Las calles y las plazas se convierten así en espacios donde la creación hace visible aquello que no debe permanecer en silencio.
El activismo artístico o artivismo no se limita a ilustrar una causa. También moviliza emociones y genera formas de participación. Un mural puede transformar una pared cotidiana en un lugar de denuncia; un retrato puede impedir que una persona desaparecida sea reducida a una cifra; una intervención pública puede reunir a quienes comparten una pérdida o una exigencia de justicia. La creación se convierte entonces en una manera de tomar la palabra y participar en la vida colectiva.
Sin embargo, no todo arte necesita expresar una consigna ni defender abiertamente una causa. Su dimensión social también reside en provocar una experiencia, modificar nuestra sensibilidad o permitirnos imaginar algo diferente. Su valor se encuentra en su capacidad para expresar, recordar, cuestionar, vincular e imaginar. En un país tan diverso y complejo como México, el arte es una de las maneras mediante las cuales la sociedad preserva sus memorias, hace visibles sus conflictos, afirma su pluralidad e imagina sus posibilidades de transformación.
